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“Conjunto de reglas que deben observarse para comunicar a nuestras acciones y palabras, dignidad y elegancia, y para manifestar benevolencia, atención y respeto a los demás”.
Así define el manual de Manuel Antonio Carreño –olvidado, despreciado y ridiculizado por la mayoría- al término “urbanidad”.
Asimismo, el autor establece que la urbanidad emana de los deberes morales, entendiéndose que sus preceptos tienden a conservar el orden y la buena armonía que debe reinar entre los hombres.
Mmm…“principios morales”, “respeto”, “armonía”…no veo tan claro que la masa tenga en evidencia estos conceptos. ¡Ah!, entonces ahí radica la ahogante falta de educación de nuestra gran mayoría. Y no me refiero únicamente a las malas maneras que son tan notorias a la hora de dirigirse hacia los demás o al sentarse a la mesa. La urbanidad se pone en práctica en todas las actividades del día a día, desde el momento en el que nos levantamos.
Los diplomáticos y representantes de los países tienen este concepto muy claro. Y para ello existe una academia diplomática donde se les enseñan las alquimias de las relaciones internacionales, así como las reglas propias de la urbanidad.
¡Mira tú!...entonces los representantes de Chile en el extranjero se preparan para comportarse de manera moralmente correcta…que interesante.
Además, toda persona educada que se precie como tal, habrá de aprender e interiorizar las costumbres del individuo con el que tendrá trato, así como de quién lo acoge. Ahhh…entonces ¿si voy al extranjero, deberé preocuparme de comportarme apropiadamente, de acuerdo a las costumbres que allá se tengan?...claro está, es moralmente correcto (deber) hacer eso.
Bueno, seamos sinceros, si salimos de nuestro país ¿quién se preocupa de la idiosincrasia del lugar a donde vamos? “Todo en esta vida tiene solución, menos la muerte” me dijeron desde pequeño. Y claro, para la conjetura anterior existe una solución. Cuando un extranjero visite nuestro país, o cuando un invitado se hospede en nuestra casa, inmediatamente se evidenciarán las reglas que allí se tienen por ciertas. ¿Para qué? Bueno, lógico, para que el visitante no se comporte de una manera incorrecta, sin saberlo. Entonces, es un deber moral que el anfitrión advierta estas reglas y, por lo tanto, el huésped las cumpla.
Entonces, ¿tenemos claro el concepto de urbanidad?...parece que no todos. A la mayoría de mis lectores le parecerá obvio lo que he escrito, pero un no despreciable porcentaje de la población no comprende ni siquiera el título de este artículo. En especial, me refiero a los “representantes” de Chile en el extranjero. No al cuerpo diplomático y a los políticos “bien instruidos”, preparados tras años de estudio, carrera y experiencia para ejecutar esta labor; sino a los deportistas, en particular, futbolistas, que enarbolan desmedidamente el nombre de nuestro país en las diferentes competencias internacionales (a propósito, felicitaciones a la “Rojita” por el premio de consuelo obtenido en Canadá… ¿cómo se dice?...eh… ¿“trice-campeón”?).
¡Urge preparación para estas personas! De un tiempo a esta parte, he pensado en la creciente necesidad para preparar a los deportistas chilenos, no sólo física y técnicamente, sino psicológica y moralmente también. Es apremiante meter en sus seseras algo de humildad y urbanidad. Y es que no es posible que ante una derrota evidente –a la que tan acostumbrado está el país en estos ámbitos- la ira domine a los supuestos representantes del país. Bastó acercarse un poco más de lo debido al oro para que los humos se subieran a la cabeza y la humildad quedara relegada al olvido…
Que decir sobre los castigos físicos propinados a los jugadores tras no acatar la orden que se les dio. Y es que los jugadores no pusieron en práctica (o nunca supieron) el principio que expuse anteriormente: “A donde fueres, haced lo que vieres”.
Conocida es la rigurosidad y el respeto por las normas que tienen los pueblos de origen anglosajón. Es así como la policía de estos países entrega una primera advertencia y luego actúa. Se les advirtió a los jugadores no cometer cierta acción. Al ver que no se cumplió la ORDEN, la policía procedió a actuar.
¿Fue desmedido el castigo? ¿Hubo acciones racistas involucradas? No lo sé, y mi opinión personal me la guardo. El punto es que si la “Rojita” hubiese sido un poco más observadora y conservadora, habría sido suficientemente moderada y prudente para acatar las órdenes.
Todo el mundo se enoja y efervesce ante una derrota, en especial si los afectados son de origen latino. Y es que los descendientes de la península somos sentimentales, espontáneos y solemos pensar más con el corazón que con la cabeza. Los anglosajones, por su parte, son más fríos y respetuosos de sus normas. ¿Quién está bien y quién está mal? La respuesta es obvia: ambos…o nadie.
Y es que cada uno es diferente y posee su propia idiosincrasia. La clave radica en distinguir esos rasgos y adaptarse a ellos cuando estemos de visita. Así como un occidental se sacará sus zapatos a la hora de entrar en una casa japonesa, así deberá comportarse una persona, y más los representantes de un país, cuando visite a otra: interiorizando y acatando sus reglas y costumbres.
Así define el manual de Manuel Antonio Carreño –olvidado, despreciado y ridiculizado por la mayoría- al término “urbanidad”.
Asimismo, el autor establece que la urbanidad emana de los deberes morales, entendiéndose que sus preceptos tienden a conservar el orden y la buena armonía que debe reinar entre los hombres.
Mmm…“principios morales”, “respeto”, “armonía”…no veo tan claro que la masa tenga en evidencia estos conceptos. ¡Ah!, entonces ahí radica la ahogante falta de educación de nuestra gran mayoría. Y no me refiero únicamente a las malas maneras que son tan notorias a la hora de dirigirse hacia los demás o al sentarse a la mesa. La urbanidad se pone en práctica en todas las actividades del día a día, desde el momento en el que nos levantamos.
Los diplomáticos y representantes de los países tienen este concepto muy claro. Y para ello existe una academia diplomática donde se les enseñan las alquimias de las relaciones internacionales, así como las reglas propias de la urbanidad.
¡Mira tú!...entonces los representantes de Chile en el extranjero se preparan para comportarse de manera moralmente correcta…que interesante.
Además, toda persona educada que se precie como tal, habrá de aprender e interiorizar las costumbres del individuo con el que tendrá trato, así como de quién lo acoge. Ahhh…entonces ¿si voy al extranjero, deberé preocuparme de comportarme apropiadamente, de acuerdo a las costumbres que allá se tengan?...claro está, es moralmente correcto (deber) hacer eso.
Bueno, seamos sinceros, si salimos de nuestro país ¿quién se preocupa de la idiosincrasia del lugar a donde vamos? “Todo en esta vida tiene solución, menos la muerte” me dijeron desde pequeño. Y claro, para la conjetura anterior existe una solución. Cuando un extranjero visite nuestro país, o cuando un invitado se hospede en nuestra casa, inmediatamente se evidenciarán las reglas que allí se tienen por ciertas. ¿Para qué? Bueno, lógico, para que el visitante no se comporte de una manera incorrecta, sin saberlo. Entonces, es un deber moral que el anfitrión advierta estas reglas y, por lo tanto, el huésped las cumpla.
Entonces, ¿tenemos claro el concepto de urbanidad?...parece que no todos. A la mayoría de mis lectores le parecerá obvio lo que he escrito, pero un no despreciable porcentaje de la población no comprende ni siquiera el título de este artículo. En especial, me refiero a los “representantes” de Chile en el extranjero. No al cuerpo diplomático y a los políticos “bien instruidos”, preparados tras años de estudio, carrera y experiencia para ejecutar esta labor; sino a los deportistas, en particular, futbolistas, que enarbolan desmedidamente el nombre de nuestro país en las diferentes competencias internacionales (a propósito, felicitaciones a la “Rojita” por el premio de consuelo obtenido en Canadá… ¿cómo se dice?...eh… ¿“trice-campeón”?).
¡Urge preparación para estas personas! De un tiempo a esta parte, he pensado en la creciente necesidad para preparar a los deportistas chilenos, no sólo física y técnicamente, sino psicológica y moralmente también. Es apremiante meter en sus seseras algo de humildad y urbanidad. Y es que no es posible que ante una derrota evidente –a la que tan acostumbrado está el país en estos ámbitos- la ira domine a los supuestos representantes del país. Bastó acercarse un poco más de lo debido al oro para que los humos se subieran a la cabeza y la humildad quedara relegada al olvido…
Que decir sobre los castigos físicos propinados a los jugadores tras no acatar la orden que se les dio. Y es que los jugadores no pusieron en práctica (o nunca supieron) el principio que expuse anteriormente: “A donde fueres, haced lo que vieres”.
Conocida es la rigurosidad y el respeto por las normas que tienen los pueblos de origen anglosajón. Es así como la policía de estos países entrega una primera advertencia y luego actúa. Se les advirtió a los jugadores no cometer cierta acción. Al ver que no se cumplió la ORDEN, la policía procedió a actuar.
¿Fue desmedido el castigo? ¿Hubo acciones racistas involucradas? No lo sé, y mi opinión personal me la guardo. El punto es que si la “Rojita” hubiese sido un poco más observadora y conservadora, habría sido suficientemente moderada y prudente para acatar las órdenes.
Todo el mundo se enoja y efervesce ante una derrota, en especial si los afectados son de origen latino. Y es que los descendientes de la península somos sentimentales, espontáneos y solemos pensar más con el corazón que con la cabeza. Los anglosajones, por su parte, son más fríos y respetuosos de sus normas. ¿Quién está bien y quién está mal? La respuesta es obvia: ambos…o nadie.
Y es que cada uno es diferente y posee su propia idiosincrasia. La clave radica en distinguir esos rasgos y adaptarse a ellos cuando estemos de visita. Así como un occidental se sacará sus zapatos a la hora de entrar en una casa japonesa, así deberá comportarse una persona, y más los representantes de un país, cuando visite a otra: interiorizando y acatando sus reglas y costumbres.
Así que, queridos “representantes no diplomáticos”, con el fin de poner en alto el nombre de Chile, por ser un país de personas moralmente bien educadas (porque por logros futbolísticos no seguiría perdiendo el tiempo), bueno sería estudiar un poco los lugares y las personas que visitan, tomar una que otra clase de gramática, dicción y comunicación escénica, y asesorarse en imagen y vestuario. ¡Ah, señores futbolistas!, algunos mortales solemos acudir a librerías, que son lugares donde se venden o prestan un montón de papeles escritos y encuadernados llamados “libros”. En uno de esos sucuchos podrían conseguirse el manual de Carreño…por el cuento de la urbanidad digo yo, un “humirde” servidor…